Falacias...(Cuento)
Extraído de las entrañas del tiempo, condensado en kilos de papel acumulado en un viejo y muy querido librero, encontramos una vieja hoja de papel, que tenia impreso (con impresora de matriz de puntos) el siguiente cuentito, que escribí en 1997.
Ahora reencontrado, salvado del olvido (lugar en el que ya se encontraba éste texto), lo he transcrito fielmente del original, ( original que fue escrito con el viejísimo editor de texto CHI-WRITER y usando una PC 8088) y ahora lo meto a la botella del blog y lo lanzo al mar de bits y bytes....
Pisó el estribo y con apuración, pero sin perder el porte de una secretaria cuarentona y bien tratada por el tiempo, abordó al microbús y pagó el importe de su pasaje. La acompañaba el frío húmedo de las seis de la mañana y las prisas por checar la maldita tarjeta que la esperaba en su oficina. Sin embargo, éste día se sentía diferente, el aire se respiraba distinto y fingió una leve sonrisa al chofer mientras éste le entregaba su cambio.
El chofer la miró con el rabillo del ojo y fingió no importarle el hecho de que no se recorriera hacia el fondo, y no chistó palabra alguna.
La mujer caminó por el pasillo vacío y buscó en vano un asiento. Vio a un joven estudiante como de unos veintitrés años, un obrero gordo y con la barbilla sin rasurar, una señora regordeta almorzándose una torta de tamal, un trajeado –seguramente licenciado en Administración de Empresas -, un albañil y su mochila de donde se asomaba su cuchara y otras herramientas, al patán despilfarrador de piropos y peladeces, a la señora Gómez – su vecina – con sus cuatro uniformados hijos y otros rostros perdidos en el anonimato, todos adormiladamente posados en los diminutos asientos.
Se resignó a ir soportando los bruscos frenones y arrancones que provocaba la desenfrenada carrera que disputaba el cafre, con otro espécimen de su misma naturaleza.
El estudiante alzó la vista y se encontró con la mujer y de inmediato fingió leer concienzudamente un libro que jamás le interesó y se olvidó de cederle el asiento a la zangoloteada mujer.
El obrero gordo no quiso perder la comodidad de su asiento y fingió dormir profundamente, a pesar de los constantes brincos y jalones del camión.
El licenciadillo trajeado, que siempre se había distinguido por su caballerosidad -aun en casos extremos – fingió no serlo ésta vez y dispuso su mirada hacia la ventanilla.
El albañil que se había quedado dormido por la cruda del domingo, se le ablandaron sus manos y dejó caer su mochila desperdigando sus herramientas y unos números del Sensacional de Luchas. El escándalo del incidente hizo volver a la realidad al patán –que soñaba con que el Necaxa ganaba el torneo de invierno- y volvió su vista hacia el pasillo. Vio a la mujer, que difícilmente se detenía asida del pasamanos por el frenón que había dado súbitamente el chofer.
El Patán fingió ser todo un caballero y con voz también fingida se dirigió a la secretaria, y haciendo gala de sus torpes maneras invitó a la mujer que tomase su asiento. La mujer sorprendida y alagada por el hecho y –sin saber por qué- fingió no necesitarlo, fingió una mirada de desprecio y fingió el sitio de su parada y se bajó, aún sin saber porque.
Junio 11 de 1997
Etiquetas: Cuentos

































































